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SOCIONANALISIS
COLUMNA DE OPINION DE SANTIAGO CASTRO
PUBLICADA EN EL DIARIO EL PAIS DE CALI
Santiago de Cali, febrero 14 de 2005.
¿ENTONCES QUÉ ESPERÁBAMOS?
No entiendo la polémica que se ha armado por la escalada de ataques de las Farc. ¿Qué esperábamos entonces? Lo inusual era el tiempo que se tomaron para tratar de contrarrestar la creciente sensación en el país de que esta guerra se está ganando. Sensación que corroboran las cifras de secuestros, ataques a poblaciones, bajas de uniformados, etc. Las Farc, aun en su autismo político, conocen el valor de la guerra sicológica y con sus recientes ataques el mensaje que nos están mandando es: estamos vivos, podemos atacar, y les haremos daño. Registrado y anotado.
¿Pero alguien realmente dudaba que eso era así? De pronto nuestra reacción frente a los recientes éxitos de la Fuerza Pública era pensar que la guerrilla estaba acabada. Error de la opinión pública porque las Fuerzas Armadas nunca han pensado de esa manera. Es más, se está diseñando toda una política de seguridad democrática para enfrentar a las Farc durante los años venideros. Debilitado no es lo mismo que derrotado.
Una fiera herida como las Farc todavía tiene la capacidad de morder y dar zarpazos. Y no creo que serán estos hechos las últimas sorpresas que nos tengan deparadas. Vendrán muchas más.
La cuestión es ¿cómo vamos a reaccionar como sociedad civil a este desafío? Y la respuesta obvia no es otra que cerrar filas alrededor de la actual política de seguridad democrática. Y no porque sí sino porque está funcionando. Incluso, los cruentos ataques contra objetivos militares menores y sin relevancia estratégica alguna, pueden ser muestra de la desesperación de la subversión frente a la presión constante del Plan Patriota sobre lo que eran sus reductos tradicionales en la de distensión.
Lo anterior no quiere decir que no haya que tomar correctivos. Errores se han cometido y habrá que redoblar esfuerzos por asegurar la integridad de nuestros soldados. Pero no sé si la respuesta es relevar comandantes cada vez que se sucedan estos hechos o se cometan fallas abajo en la cadena de mando. Si los norteamericanos relevaran a sus comandantes cada vez que la insurgencia iraquí cobrara la vida de uno de sus efectivos, seguramente ya habrían agotado toda su nómina de generales y coroneles. Revisemos bien este tema, señor Ministro de Defensa.
Es claro, sin embargo, que la guerra no se ha terminado. Nos falta recorrer un largo y doloroso trecho. Pero lo importante es que hemos doblado la esquina y la subversión, desprovista de todo respaldo popular, se ha visto disminuida en el terreno de batalla. Podrán patalear, como lo hizo Hitler en las Ardenas en el ocaso de su tiranía, pero no podrán reversar una tendencia que ya es evidente. Su lucha no tiene sentido y el “negocito” del narcotráfico no los financiará por siempre. Y su derrota política, propinada por el anterior gobierno, se verá complementada más y más por la presión militar, ejercida por el actual.
¿No será hora entonces, de que se sienten a negociar, pero esta vez en serio?
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